Cogito ergo sum…

“Cogito ergo sum”,
planteó Descartes.
No te conoció,
no supo que
sin tus besos,
sin tus manos,
sin ti, cerca de mí,
palpitando,
ni pienso, ni existo…

Te conocí una tarde…

Te conocí una tarde, el cielo se teñía de rojos, purpuras, amarillos, azules, una mezcla celestial, digna de un instante en tu divinidad, daban ganas de eternizar el momento, de que no dejara de iluminarte el ocaso y todas sus tonalidades, con ansias de perpetuar el atardecer en tus ojos, de seguir hasta muy que nos sorprendiera la noche con la charla, de caminar haciendo locuras por las calles aledañas, de conocernos, de querernos, de hablarnos de nuestros sentimientos, de nuestros miedos, de nuestros sueños, y de contarte que en poco tiempo, te habías convertido en mi anhelo…

Después de ti…

Así pasan las cosas, después de ti, vivo solo en una habitación gris, jamás salgo de ella, aquí tengo todo lo que necesito, todo lo que me recuerda a ti, que te añoro cada que veo caer el sol por la ventana, cada que se esconde la luna para dar paso al alba, cada que me palpita el corazón, superfluo en su latir, porque me duele desde que te vi partir…

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